Finalmente, y en este intrincado rosario de heridas que nos propone Freud a las madres, iremos camino a la tercera y última, quizá la más dolorosa, la definitiva; pero que como toda prueba será sin dudas la que nos saque más fortalecidas. Y en resumidas cuentas, más madres.
El mundo empezará a abrirse para él, más allá de lo que su madre, hasta ayer omnisciente, diga.
Seguirá creciendo, más o menos dependiente o independiente, y la tercer herida nos aguardará agazapada: el relato del primer beso o el primer amor será suficiente para cuestionar lo absoluto y único del amor materno.
Habrá otro amor, y nuestro hijo estará dispuesto para él. Y nosotras, madres querendonas si las hay, sentiremos dolidas y en silencio que ya no seremos omnipresentes en su vida.
Pero como de cada herida siempre se sale fortalecido, no hay dudas que, maltrechas y todo, ni tan omnipotentes, ni tan omniscientes ni tan omnipresentes, seguiremos siendo como mamás, las mejores.
Imagen: 40ymas












